Durante años trabajé casi exclusivamente con acuarela. Me sigue pareciendo una técnica preciosa: ligera, transparente, con ese punto de imprevisibilidad que obliga a escuchar lo que el agua quiere hacer. Aprendí muchísimo de ella y durante mucho tiempo fue mi casa.
Pero llegó un momento en el que esa ligereza ya no me bastaba. Notaba que necesitaba peso, textura, algo que pudiera tocar y que me obligara a trabajar más despacio. No era un rechazo hacia la acuarela, sino una sensación muy simple: había algo más que quería explorar y no sabía bien qué era.
El paso al mortero llegó así, casi sin plan. Probando materiales, mezclando pigmentos, viendo cómo la pasta se rompía, cómo absorbía la luz, cómo tardaba en secar. Me gustó esa manera de construir la superficie, capa a capa, como si cada obra necesitara su propio tiempo y su propio ritmo. Es un proceso menos inmediato, más físico, y a la vez más silencioso.
A veces me preguntan si “he dejado la acuarela”. No es eso. La acuarela sigue ahí, como un idioma que hablas sin pensarlo. Pero ahora estoy aprendiendo otro. Y cambiar de idioma, aunque dé vértigo, también abre puertas: te obliga a mirar distinto, a equivocarte, a volver a empezar.
Supongo que al final se reduce a esto:
siempre he sentido que mi trabajo crece cuando yo cambio. Y ahora mismo, el mortero es el lugar donde ese cambio está ocurriendo.
Si te apetece curiosear mi etapa anterior, puedes ver mis acuarelas en la sección Acuarelas del menú principal.