Hay una expectativa silenciosa que acompaña a casi todo proceso creativo: la de saber hacia dónde va la obra. Tener una idea clara, un final previsto, una forma que espera al otro lado del trabajo. En mi caso, eso casi nunca ocurre.
Trabajo con materiales que no responden de inmediato. La cal, el agua, las acuarelas…. Superficies que absorben, resisten o ceden sin avisar. Hay tiempos que no se pueden acelerar y decisiones que no se pueden corregir sin perder algo por el camino. El proceso no avanza de forma lineal y, muchas veces, tampoco ofrece señales claras de hacia dónde se dirige.
Durante mucho tiempo entendí esa falta de control como una carencia, casi como un fallo del método. Algo que debía resolverse, corregirse, encauzarse mejor. Pensaba que trabajar bien implicaba dominar el proceso de principio a fin, anticipar el resultado y ajustar cada paso para llegar a él.
Con el tiempo he ido entendiendo que no todo lo que no se controla está mal planteado. A veces es precisamente el exceso de control lo que empobrece la obra: forzar una dirección, cerrar demasiado pronto algo que todavía está ocurriendo, imponer una forma antes de que tenga tiempo de aparecer.

Dejar el control no significa abandonar el trabajo ni renunciar a la atención. Significa permanecer atento de otra manera. Escuchar lo que el material propone, aceptar que no todo se decide desde el inicio y que algunas decisiones solo se revelan después de haber dudado, o después de haberse equivocado.
Hay obras que no saben lo que son hasta muy avanzada su construcción, y procesos —como ocurre también en la vida— que necesitan atravesar la incertidumbre para encontrar sentido. Soltar el control es incómodo. Genera inseguridad y obliga a convivir con lo inacabado, con la posibilidad de que algo no funcione o no llegue a ningún lugar reconocible. A veces me cuesta mucho, no lo puedo negar, pero también abre un espacio distinto. Un lugar donde el trabajo deja de ser la imposición de una forma y pasa a ser el acompañamiento de su aparición. En ese espacio, la obra ya no es un resultado previsto, sino una presencia construida con tiempo, materia y atención.
Quizá por eso me interesa tanto ese punto en el que no sé exactamente hacia dónde va lo que estoy haciendo. Cuando el control se relaja y la prisa desaparece, incluso en los momentos en los que me siento más perdida, algo distinto puede empezar a aparecer. No es inmediato ni cómodo; es una cuestión de atravesar ese momento.