Vivimos rodeados de imágenes que piden atención inmediata. Todo compite por impactar rápido: colores intensos, contrastes fuertes, mensajes claros en pocos segundos. El arte no está fuera de esa lógica. También se espera de él que destaque, que se entienda al instante, que provoque algo rápido.

Trabajar desde el slow art es, en parte, aceptar que no quiero entrar en esa carrera.
No porque el impacto esté mal, ni porque lo rápido no tenga valor, sino porque no es el lugar desde el que trabajo. Mi proceso no se lleva bien con la urgencia. El mortero de cal, las capas, los tiempos de secado y de reposo no responden a la lógica del resultado inmediato. Obligan a frenar, a observar, a dejar que las cosas pasen.
En este contexto, trabajar despacio no es una declaración ideológica, sino una consecuencia práctica. Hay decisiones que no se pueden tomar el mismo día. Hay superficies que cambian solas con el paso de las horas. Hay momentos en los que intervenir demasiado pronto arruina lo que estaba encontrando su equilibrio.
El slow art no busca deslumbrar en un primer golpe de vista. Propone otra forma de relación con la obra: más cercana, más silenciosa, menos exigente. Una relación que no necesita ser entendida al instante, ni explicada del todo.
En una cultura que valora la rapidez y la novedad constante, hacer espacio para la lentitud es casi un gesto de resistencia. No una resistencia heroica, sino cotidiana: trabajar sin forzar, aceptar procesos largos, permitir que una obra no se cierre enseguida.
Las piezas que surgen de este enfoque no están pensadas para imponerse en un espacio, sino para convivir con él. Para ser vistas muchas veces, no solo una. Para acompañar, no para interrumpir.
Trabajar despacio no garantiza nada: ni visibilidad, ni éxito, ni reconocimiento. Pero sí garantiza coherencia. Y en un entorno saturado de estímulos, esa coherencia acaba siendo, por sí sola, una forma de claridad.